Cementerio 4 Final
Uno de los de adentro: Ya casi no se consiguen ratas, hay montones pero son muy inteligentes y no se dejan atrapar, en las noches las escuchamos en las vigas del techo. Para atrapar alguna, me embosco inmóvil durante horas, hasta que se atreva a bajar. Espero con paciencia felina, cuando está distraída le doy un culatazo. A las primeras les cortaba la cabeza con la cuchilla, después de hidratarme, les hacia un corte en el estomago, sacaba las tripas y el pellejo, cuando la tenía “limpia” la cubría con pólvora y le prendía fuego, se quemaba la parte externa y la interna quedaba cruda.
Cementerio 4 tercera parte
El está sentado de espaldas a Tomás, con la guitarra sobre las piernas y el cabello largo, jugueteando con el aire. Silva una tonada con aire despreocupado, tararea, canta: lo más terrible se aprende en seguida y lo hermoso... ¿Tomás? Se pone en pie frente a su amigo, lo mira a los ojos y habla:Tomás, tenés razón siempre la tuviste, ella duerme aquí, no lo espera, nunca lo esperó. Pero el la busca, aún la ama. Por eso creí que vendría y que podríamos tocar juntos, sueño con eso desde niño cuando lo escuchamos por primera vez. ¿Te acordás? Ahora no creo que llegué a verlo jamás. Morir a los 23 y de esta manera.
Cementerio 4 segunda parte
Tomás Alberto Castro Lara, el soldado más joven de esta guerra improvisada escucha en silencio la canción salir de la fortaleza enemiga, sus compañeros ríen y aplauden pero el permanece sombrío, es la confirmación de su sospecha, solo existe alguien capaz de tocar sus diez canciones favoritas en orden ascendente. Una agitación le recorre la espina. ¿Qué demonios hace el ahí adentro?
Cementerio 4 primera parte
En el sector sur del viejo panteón la niebla y el humo se disputan el dominio de la madrugada.
En las ruinas de una modesta capilla, catorce hombres se mantienen en pie, el resto son cadáveres putrefactos, apilados sobre un charco de sangre espesa y pestilente. Cubiertos por una costra rojiza, los cuerpos muestran una insolencia absurda, como si pretendieran ignorar su condición inerte los rostros mustios parecen rumiar asuntos de vital importancia. Algunos no tienen parpados. Por mas que lo intentaron no consiguieron cerrarles los ojos.
Cementerio 2
Damián miró al sol elevarse y acabar, sin previa advertencia, con su amada madrugada.
-¡Puta mierda!- dijo y bebió de prisa la última copa de vino. Ese vino barato con el que solía entrar en calor y que lo predisponía tan positivamente para según fuera el caso, matizar sus discusiones filosóficas o sus tertulias literarias y que ella siempre rechazaba con amabilidad.
Cementerio 1
Uno
Sentado sobre su lápida abandonada, un esqueleto toca violín con gesto solemne.
Llueve. Las cuencas donde una vez estuvieron sus ojos se llenan y desde ellas resbalan delgados hilos sobre lo que fuera su rostro. La mandíbula atada con un harapo rojo a modo de collar descansa entre sus costillas.