Servicio a domicilio

Me acabo de encontrar este cuento entre mis bretes del año pasado, era un ejercicio de historia de la comunicación en el cual teníamos que hacer un cuento donde incorporáramos elementos de los inicios de la publicidad en la prensa costarricense.

Lo que hice fue intentar acoplarme al estilo costumbrista de Los cuentos de Magón, para según yo, darle credibilidad por lo que el lenguaje, las incorrecciones políticas y las opiniones de los personajes están en función de esto. El giro del final es casi robado del Clis de sol. Con lo que el relato no es ni muy bueno ni demasiado original, pero me parece simpático como resultado de un ejercicio.

Servicio a domicilio

Esta historia me la contó mi tío, don Antonio Quiroz, una vez que viéndome muy enamorado, quiso prevenirme, entre otras cosas, del grado de ingenuidad al que puede llegar un hombre cuando según sus propias palabras “lo emborracha el chirrite del amor.”

Para que tengan una idea de quién es este tío mío les cuento una parte de su vida.

Mi tío se convirtió en un hombre respetable en su querido San José después de la venta de una finca, que por suerte estaba ubicada en una posición estratégica para la bananera de mister Keith.
Don Antonio, que en ese entonces tendría unos 33 años, invirtió en plantaciones de café, donde rápidamente logró una pequeña fortuna. Esta abundancia económica le permitió, entre otras cosas, conquistar a Verónica Fournier una hermosa señorita de abuelos franceses y de apenas 22 años a quien convirtió en su esposa el martes 19 de octubre de 1915. Mis tíos son una pareja muy unida, deben de ser eso que los poetas llaman almas gemelas, porque son capaces de hablarse sin palabras, con solo miradas y gestos leves pueden tener diálogos complicados, lo sé porque muchas veces fui testigo de estas conversaciones silenciosas de las que siempre me maravillaba.

Ahora que ya conocen un poco a mis tíos les paso a contar la historia.
Cuatro años después de su matrimonio, un miércoles a eso las tres de la tarde don Antonio fumaba mientras leía La Prensa Libre en el corredor de su casa. Junto a él Doña Verónica ojeaba el periódico del día anterior.

Estaban sentados en la misma banca de madera hecha por Don Antonio dos años atrás de un solo tronco de almendro y a pura hacha. De pronto, el ruido familiar del portón principal de la propiedad les hizo levantar la cabeza.
Era don Quincho Ramírez, cuarentón vecino de la pareja quien algunas tardes visitaba a mi tío, este lo recibía siempre alegre pues ambos disfrutaban jugar juntos al dominó.

Mi tía al verlo se levantó y se fue a la cocina, a prepararles a ambos caballeros dos jarras del mejor café de don Antonio y para que lo acompañaran un buen plato repleto de biscochos de maíz.
¡Esta vez no me vas a ganar, Antonio! Gritó don Quincho mientras se acercaba.
Siempre con la misma historia Quincho, dijo don Antonio sonriendo amable.
Se estrecharon la mano y se sentaron en el lugar de siempre: el viejo juego de mesa con tres sillas hecho también por mi tío. Acostumbraban conversar esperando el café, tomarlo sin interrumpir la plática para finalmente jugar hasta entrada la noche, siempre conversando. Aunque doña Verónica no participaba en el juego, solía acompañarlos en la tertulia.

Después de un par de horas de jugar, el tema de conversación giró hacia la cantidad cada vez mayor de anuncios en La Prensa Libre.
Es increíble, casi me siento leyendo uno de esos catálogos que traen de Europa, dígame Quincho. ¿Todavía le compra a su mujer todos esos disparates mágicos? He leído sobre cremas y píldoras para todo: rellenar las arrugas, eliminar barros, agrandar el busto. Las cremas y polvos no se quedan atrás. Según su esposa me dijo la última vez que conversamos, tiene la colección completa de productos Kaloderma.

Pues, si doña Verónica, ya ve que estas cosas ayudan a que mi Carmencita este contenta, le hace bien a su salud, además usted sabe que para el hombre es importante llegar del trabajo y que la mujer este presentable, que se mantenga deseable, si no lógicamente el va a buscar en otros lugares lo que no encuentra en su propia casa. Créame que no son disparates, son productos creados en institutos y laboratorios europeos, mire, mire aquí donde aparece la dirección. Señalaba un anuncio de crema Mistinguett en La Prensa Libre.

Mi tío se quedó frío, sabía el desastre que ese comentario desataría al chocar con la mentalidad progresista de su mujer. La miró y en su lenguaje silencioso pidió piedad, pero entendió que doña Verónica estaba a punto de estallar y que era necesario que el interviniera.

Bueno Quincho, yo entiendo que los vestidos franceses y los perfumes la hagan feliz a ella y que por esto también a vos te parezca más atractiva. Pero decime. ¿Cuántas de esas píldoras o cremas le han funcionado realmente?

Mirá Antonio, te voy a dar un muy buen ejemplo. Ya sabés que las mujeres suelen estar débiles y achacosas sobre todo durante sus periodos de dolor. Pues encontré, hace cuatro meses más o menos, las píldoras Apiolina Chapoteaut especiales para combatir las molestias de los cólicos menstruales. La compañía tiene una casa distribuidora aquí en la capital y tienen servicio de entrega a domicilio. Escribí pidiendo una caja, mandaron un machillo de unos veinte años. El es el hijo del distribuidor, un tal Juan, o Carlos, no recuerdo. En fin, el muchacho me explicó que por la altísima demanda del producto solo podían vender la cantidad suficiente para una semana, por lo que él nos estaría visitando todos los viernes para traernos la nueva dosis. Ya sabés que los viernes me voy temprano a mis cafetales y no regreso hasta la pura noche. Pero como era el único día que les quedaba disponible, acepté dejarle la plata a Carmen. Después de un mes de tomar la píldora el cambió fue mayor de lo que jamás esperé, Carmen ahora siempre está de buen humor, se arregla más y hasta está más delgada con no se cual dieta parisense. Sé que es gracias a la Apilolina por que conforme se le van acabando, durante los días de la semana, la noto cada vez más ansiosa, pero no imaginás lo feliz que se queda después de cada visita del machillo. Una verdadera maravilla sin lugar a dudas el medicamento.

Mi tío Antonio revolvió las fichas del dominó en silencio, miró a su mujer y le preguntó.

¿A vos que te parece?

Un verdadero prodigio. Respondió reflexiva.

Don Quincho sonrió satisfecho con la que creía era su primera victoria de la noche.

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