Cementerio 4 Final

Uno de los de adentro: Ya casi no se consiguen ratas, hay montones pero son muy inteligentes y no se dejan atrapar, en las noches las escuchamos en las vigas del techo. Para atrapar alguna, me embosco inmóvil durante horas, hasta que se atreva a bajar. Espero con paciencia felina, cuando está distraída le doy un culatazo. A las primeras les cortaba la cabeza con la cuchilla, después de hidratarme, les hacia un corte en el estomago, sacaba las tripas y el pellejo, cuando la tenía “limpia” la cubría con pólvora y le prendía fuego, se quemaba la parte externa y la interna quedaba cruda.
El resultado era una carne insípida de no ser por el gusto a carbón. Pero es tan difícil, hay tanta hambre y tanta sed. Nos hemos convertido en animales, hay un cierto placer en devorar al pequeño bicho cálido retorciéndose, chillando, sentir el corazón acelerado colapsar, escupir el intestino, la mierda. Estamos enfermos y muriendo. Quedamos seis, ya todos lo hemos escuchado, un violín, o estamos completamente locos o los malditos tombos se consiguieron un violinista.
Uno de los de afuera: Al principio era un lamento leve arrastrado por el viento, creímos que salía de la iglesia, que había un violinista entre ellos, pero creció con las horas, cada vez más fuerte, mas inminente. El músico no estaba en la iglesia. Tomé la decisión de enviar a dos jóvenes a investigar, después de tres horas la música cambió.
Se escucharon disparos sobre los que la melodía se impuso convertida ahora en un furor. Cada nota inflamaba el aire, el tiempo se detuvo, el alma pesaba como una gran roca en el pecho. La música se acercó con sustancia propia y a una velocidad inconcebible: ya estaba entre nosotros.
Uno de los de adentro: afuera hay gritos y disparos, gritan que algo los está matando, algo que ellos no pueden matar. Parece que huyen, el campamento arde y desde acá veo bultos en el suelo, creo que son cadáveres. Solo queda la música. Pasan los minutos y se dirige hacia el este. El incendio se extiende gracias a los matorrales secos que cubren el maldito lugar, no tardará en invadir la iglesia. Es de noche, pero hay miles de mariposas siguiendo el sonido del violín, los tres que seguimos vivos decidimos apegarnos al plan, aprovechamos el caos para huir. Mientras corremos miro hacia atrás. Ahí está, envuelto en el fuego, salido de la más espantosa pesadilla, es un demonio hecho de huesos, se aleja, a su paso caen los hombres destrozados, algunos aun viven y se retuercen en el suelo, es como si la música de alguna manera los descuartizara.
Ahora estamos cerca del escondite de los botes, no sé cómo llegué hasta acá, cierro los ojos y lo veo, en llamas, agitando el brazo sin piel ni músculo. Hace rato que tiembla y se escuchan voces horribles salir de la tierra, la canción vibra. Una última nota se arrastra y siento como unos dedos ardientes retuercen mi alma.
Navegamos en silencio, espero que el fuego acabe con todos los cadáveres. No podremos regresar a nuestro pueblo, tal vez no vivamos para volver a nuestro país y comprobar que tanta diferencia hicimos. No sabemos si lo que vimos fue real o fue producto del hambre o la locura, pero sonreímos y a pesar de todo, esperamos que Damián tuviera razón.

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