Uno
Sentado sobre su lápida abandonada, un esqueleto toca violín con gesto solemne.
Llueve. Las cuencas donde una vez estuvieron sus ojos se llenan y desde ellas resbalan delgados hilos sobre lo que fuera su rostro. La mandíbula atada con un harapo rojo a modo de collar descansa entre sus costillas.
Su música es un manifiesto enérgico de felicidad una suerte de acertijo indescifrable. De pronto y sin dejar de tocar comienza a reír, sin voz, su risa es un estremecimiento leve de huesos, un traqueteo macabro y jubiloso.
Su cráneo, vacío de sesos almacena solo besos y palabras de amor.
Dos
El esqueleto toca sin detenerse. Toca y espera.
Ríe, a veces baila con ridículos movimientos y exageradas reverencias. Mira el harapo que sostiene su quijada. Ella se lo dio. Ella que cubrió su cráneo con infinidad de besos y lo lleno con igual cantidad de secretos de amor.
Ella se lo dijo una vez:
-Te amaré por siempre, jurá vos también que tu amor por mi será eterno, que seremos felices juntos hasta el final de este mundo y aun después.
El esqueleto no recordaba tener un inicio y no lograba imaginar lo que podía ser un final. A pesar de esto juró, sin la menor duda, sin confusión ni temor.
Respaldó su juramento con una promesa: Tocaría sin detenerse cada vez que se separaran y hasta que se volvieran a encontrar.
Por eso toca, a veces lento y cadencioso, otras frenético y violento. Es tan feliz como puede ser alguien hecho de huesos y su felicidad aumenta cada madrugada. Pues él interpreta cada día esperado como día menos de ausencia. No logra entender que la retrasa tanto esta vez. Pero presiente su regreso.
Esa misma noche, sin embargo, la razón y la presión de los consejos consiguieron doblegar el amor en el joven corazón de su amada.
Utilizando la lógica y otros venenos semejantes ella acabó por asesinar su pasión, y sobre el cadáver aun palpitante arrojó el siguiente epitafio:
-No es sabio amar a un músico. Alguien que se pasa los días amando a su creación, cuya devoción pertenece por sobre todo a su instrumento. Quien dice amar, pero no ama más que la sensación que le produce el decirse amante. Mira con atención tus ojos, pero realmente lo que busca en ellos es su propio reflejo.
No, no es inteligente amar a un músico, pero es más tonto aún, amar a un esqueleto.
Es cierto que posee elegancia y misterio. Pero también es cierto que es un ser amante de la soledad que le atormenta. Un obseso coleccionista de amaneceres con los huesos incendiados por insólita pasión. Un loco vagabundo perdido entre lápidas. Un domador de mariposas.
Es un escándalo. Socialmente inaceptable desde cualquier punto que se le analice. A fin de cuentas, no importa tanto la intensidad de un sentimiento u emoción como la cercanía, disponibilidad y prestigio de su fuente.
Complacida con la sensatez de lo que lo que ella consideraba discretos pensamientos, aceptó los galanteos del primero que la cortejó. Con radiante sonrisa, olvidó al esqueleto e inició enérgica la construcción de su nueva felicidad al lado de algún terrateniente viejo y absolutamente inepto en todo aquello que no fuera amasar y derrochar fortunas.
Tres
El esqueleto mira absorto la nueva lápida,
las tumbas se estremecen,
sus habitantes lloran,
ríen,
cantan
o gritan desesperados.
Las mariposas enloquecen,
destrozan sus alas.
Rumor de grillos…
…silencio.
Sobre una pila de huesos y diminutos cadáveres amarillos,
descansa un violín,
el arco está roto,
las cuerdas parecen sangrar.
El viento arrastra un harapo rojo.
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¡Qué bueno!Me imagino la escena del esqueleto con el harapo rojo y el violín y la música…
¡Qué nostálgico!